Día de muertos es una de las celebraciones que más me gustan. Conforme pasan los años, he generado un mayor gusto por ella. Me encanta la forma en que la cultura mexicana decide honrar a sus seres queridxs a través de ofrendas que recogen todo aquello que para esas personas era especial. Me parece una forma increíble de expresar todo el cariño y amor que tenemos para esas personas que ya no están aquí, al menos de manera física.
Me enamora ver colores por todos lados. El olor de las flores. Las canciones tradicionales. Los tapetes de colores. Todo el esmero, cariño y cuidado que ponemos para que por unos días, un espacio físico especial traiga a nuestra memoria muchos de los momentos maravilloso que vivimos a lado de quienes se han ido poco a poco.
Cuando era morrita estudiaba en un cole que hacía una de las kermeses más famosas en mi pueblo para esta fecha. Armábamos unos altares impresionantes, con ayuda de todos los grados de todos los niveles de la escuela. Era una forma de conocer a las personas, a través de lo que podrían contarte de sus difuntxs. Porque también así conocemos a las personas. A partir de sus dolores.
Cuando me fui del país aprecié mucho más la celebración, y en muchos de esos años busqué compartir el por qué de la fecha y lo que llevábamos a cabo en esa otra cultura en la que viví, así como con la comunidad y familia internacional que hice durante aquel tiempo. Me sentía tan orgullosa de la manera en la que elegíamos recordar y honrar a nuestros seres queridos.
Sigo disfrutando mucho de estas fechas, pero creo que con el tiempo me voy más hacia una parte reflexiva. Me quedo pensando en todas esas personas entrañables en mi vida a las cuales ya no podré decirles frente a frente lo especiales que son, lo bonito que fue conocerlas, así como lo agradecida que estoy de que hayan llegado a mi vida.
Hoy me gustaría decirle a mis abuelos que espero que se sientan orgullosos de mi, porque he intentado vivir cada día como si fuera el último. A mi tío Paul que si logré retarme, que intento ir más allá de lo que parece la meta. A mi tío Pancho que se súper rifó por creer en mi y que logré mi sueño y la rompí. A mi tía María Elena que aprendí a disfrutar de los pequeños regalos que el universo – o Dios como ella decía – pone frente a mi. A mi directora Martha que como ella predijo, si me dediqué a la educación y que encontré mi vocación en este asunto y que ella tenía razón, porque ha sido la mejor apuesta que he hecho. A mi profe Alberto que dejó de darme miedo ser una rifada en lo profesional o en lo familiar, que descubrí que lo importante es mi pasión en la vida. A mi querida Rey, que después de todo volví a ese lugar en el que fui más que feliz y que encontré la magia de una sonrisa como todas las que ella nos repartía. Y a mi querida May, que aunque parezca de pronto que no hay esperanza, si hay un grupo pequeño de personas queriendo hacer de este mundo uno mejor que el que había cuando llegamos y que ayer la vi en los ojos de un joven con ganas de generar un cambio desde TECHO.
Cuando pienso en todo esto, sé que aunque no se los dije, todxs ellxs lo saben y de alguna forma, me acompañan, así como han acompañado mi andar en este camino. Agradezco ese período de tiempo en el que coincidimos, y por ello es que en esta noche previa a que nos visiten, les agradezco mucho todo el cariño y amor. Sepan que en mi recuerdo estarán siempre.
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