May

Cuando te conocí amabas La Oreja de Van Gogh. No sé si actualmente podrías escucharla, pero recuerdo mucho que en aquellos tiempos era uno de los grupos en los que compartíamos una similitud. Me hacía sentir menos vieja creer que alguien cinco años menor que yo tuviera gustos musicales parecidos a los míos.

Ahora escucho La Oreja de Van Gogh y lo único que pienso es en ti. ¿Sabes que el año pasado vinieron a Puebla y ahí estuve? Cuando me fui al País Vasco, también te recordaba. Siempre me hacía muy feliz recibir corazones tuyos en mis historias, o flamitas cuando las cosas iban muy bien.

Te veía feliz y plena, May. Siempre te vi dando lo mejor de ti. Recuerdo muy bien que el día en que nos conocimos y quise contarte un poco sobre el área en la que ibas a hacer tu servicio becario – desarrollo social – para empaparte un poco del tema, cuando terminé mi breve intervención te pregunté: ¿Estás familiarizada con estas temáticas sociales o el voluntariado?, tu respuesta fue: ¿Conoces TECHO? Soy voluntaria ahí. Ese aire desenfadado y esa respuesta retadora sellaron nuestra amistad.

Fuiste mi primera becaria de la primera generación en mi primer trabajo. Fuiste a quien conocí primero. Eras una bala. Tenías un mundo por delante y todas las posibilidades, y lo mejor de todo es que estabas perfectamente consciente de tu privilegio y querías hacer una diferencia para aquellas personas que no. No recuerdo que en aquellos años alguien llegara no solo a sorprenderme sino a intimidarme tanto como tú. Tenía tantas ganas de ser tu amiga.

Y eso fue posible durante los siguientes cinco años. Tantas son las historias que construimos, tantas fueron las conversaciones en esa oficina, tantos chismes también. Acompañé tu proceso de universidad desde una esfera en que me encantaba hacerlo, porque para mi no era la persona que calificaba tu trabajo, jamás lo vi así. Te vi ilusionada, frustrada, feliz, agobiada, tristecilla, emocionada por las nuevas oportunidades de trabajo, nerviosa cuando estabas saliendo con personas, dando el mil por ciento en todo lo que hacías. Escuché muchas de tus historias.

Soñamos con cambiar el mundo tantas veces, ¿te acuerdas? Quisimos reformar constituciones, habilitar nuevos sistemas mundiales, crear 8320122901 organizaciones de la sociedad civil y enlazarlas con 1271890212 empresas que trabajaran realmente de forma sostenible y comprometidas con su sociedad. Queríamos generar una conciencia en la sociedad de hacer una diferencia en el espacio inmediato. Eras la mejor poniendo a las personas en su lugar. Una capacidad excepcional para hacer reflexionar a las personas sobre su actuar. Siempre pensé que serías una excelente profesora. Fuiste una profesora en mi vida. Aquellos años podría explicarlos como uno de los momentos más felices de mi vida. Y gran parte se debía a que encontré a personas maravillosas como tú que me acompañaban.

May, si algo de todo lo que he comentado que admiraba en ti se debe llevar la medalla, era tu libertad. Eras libre May. Luchaste por ser libre. Fuiste libre en todo momento. Eras un espíritu libre que quería recorrer el mundo y conocerlo, que tenía miles de sueños y aspiraciones, que buscaba hacer una diferencia en su entorno. No te quedaste con ganas de nada. Todo lo hiciste conforme lo sentía tu corazón. Siempre. Eso siempre me hizo sentir tan orgullosa de ti, pero más allá de eso, me hacía querer seguir tus pasos.

Cuando te graduaste y diste un discurso frente a toda tu generación, dijiste una frase que te compartí de Galeano: “La utopía sirve para caminar”. Ese tipo de elementos me hacían sentir en una conexión muy bonita contigo. Bien dicen que las personas que nos rodean son parte de nosotros, porque compartimos tanto que llega un momento de la vida donde uno ya no recuerda si fue uno u otro quien compartió las ideas. Ese discurso me lo enseñaste antes de decirlo frente a ese público y estuve igual de emocionada que cuando lo dijiste frente a toda tu generación. Y tu seguías caminando, andando y siguiendo esa utopía.

Lloré mucho el día que te graduaste, porque ya no sería lo mismo. Si algo me arrepiento, es que después de mucho tiempo volvimos a vernos, y la verdad no recuerdo el momento exacto que fue la última vez que te vi. Porque te seguí la pista a la distancia siempre. Hablábamos de vez en vez. Pero no coincidimos más. Te vi cumplir todos los sueños que ibas proponiéndote, te leía emocionada y con mil aventuras por vivir.

Así quiero recordarte. Como la May libre, soñadora, orgullosa, valiente. Gracias, May. Enormes gracias por haber coincidido en este mundo y por compartir un pedacito de tu vida y de ti. Te quiero muchísimo y te echaré de menos en esta parte del mundo. Te mando mucho amor y mucha luz en tu camino. Sigue andando y caminando para llegar a esa utopía.

Deja un comentario