Una de las máximas que he aprendido en el mundo de los derechos humanos es que jamás podremos decir que llegamos al final del camino. En todo momento, existir en este mundo implica una batalla inacabada de los derechos humanos. A lo largo de los siglos se han llevado a cabo iniciativas que buscan visibilizar que todas, todes y todos somos personas, y por ende, merecemos el mismo trato y respeto, merecemos ser vistas y reconocidas, merecemos que nuestra dignidad sea costumbre. Siempre.
Si hoy expusiera que vivimos en un mundo que respeta los derechos humanos de todas las personas estaría mintiendo completamente. Si me quedara con una actitud de que se ha hecho lo suficiente, hablaría desde mi privilegio. Porque en realidad no se ha hecho lo suficiente, pero – como me dijo una amiga muy querida hace un par de días – los pasos de avance siguen doliendo. En 2018 Amnistía Internacional, afirmaba que a 70 años de la Declaración de Derechos Humanos la batalla por éstos no ha terminado. En aquel entonces hablaba de la forma en que muchos países seguían coartando la libertad de expresión de sus ciudadanxs. Eso fue hace cinco años y las cosas parece que no cambian, parece que no se generan otras realidades. En México lo observamos desde todas las esferas de violencia que se reflejan en nuestra sociedad, desde el crimen organizado hasta los más de diez feminicidios que ocurren diariamente. Con estas estadísticas pareciera que no hay un panorama alentador.
Trabajar en el área de derechos humanos, como bien puede creerse, es muy inspirador, pero los pasos dolorosos de los que hablaba antes, pueden volver el camino muy desgastante. Pensar que todos los esfuerzos de colectivos y voluntades que construyen un mundo mejor pueden ser desplazados por acciones que arremeten contra dichos esfuerzos puede ser muy frustrante, e incluso quizás, habrá más de una ocasión en la que en este rol más de una persona quiera tirar la toalla. Normal. Es como si nadáramos como los salmones todo el tiempo y en todo momento.
Cuando estoy dando clase me refiero a estas iniciativas de cambio, a estas personas que quieren cambiar al mundo, como hippies que quieren cambiar al mundo. Creo que debería de dejar de utilizar este término y referirme simplemente a esas personas soñadoras que quieren cambiar y transformar su realidad. Esa niña soñadora de seis años que quería generar un impacto como el que líderes y lideresas sociales estaban causando por allá de mediados de los noventa, fue lo que me incitó a estudiar Relaciones Internacionales. Y cuando llegué ahí, me encontré con un grupo de personas que también querían hacer de este un mundo mejor y transformarlo. Muchas, muches y muchos de ellos siguen incidiendo a nivel internacional, nacional, regional y local desde diferentes esferas y con el simple objetivo de hacer de este mundo uno mejor.
Miles y miles de soñadoras y soñadores son quienes mueven al mundo. Son esas personas que sueñan las que han visto más allá de lo establecido y han buscado nuevas formas de construir, de crear espacios que en su momento fueron inimaginables. Porque como bien menciona Galeano, la utopía sirve para caminar. A principios de los sesenta Martin Luther King Jr. dio un discurso llamada “Tengo un sueño”. En dicho discurso hablaba del sueño que tenía en que hubiera un mundo en el que todas las personas – no importa el color de tu piel – viviéramos siendo iguales y con los mismos derechos. El poder de este discurso es que en el mundo de ahora refleja no solo la realidad de las personas afrodescendientes, sino que habla de la realidad de personas indígenas, de mujeres, de la comunidad LGBTIQ+, de infancias, así como de muchas otras identidades en este mundo que, a pesar de ser seres humanos, siguen sin ser reconocidxs como tal.
Si yo volteo hacia atrás, hace una década y media cuando era universitaria, había un montón de cosas que no estaban bien. Múltiples violencias normalizadas que uno pensaba que no podíamos hacer nada. Que era lo que siempre había sido. Quizás por eso soy tan insistente con mis estudiantes en que no porque las cosas hayan sido siempre de una forma significa que tienen que ser de ese modo todo el tiempo.
Hoy, sin embargo, observo una juventud muy diferente. Comparto con muchas, muches y muchos estudiantes que sueñan con que este mundo sea más igualitario, más justo, más incluyente y en el que puedan vivir con seguridad y donde sus derechos sean respetados. Hoy acompaño una cantidad de personas magníficas que sueñan con construir bases sólidas para el mundo que ellxs imaginan. Esxs soñadorxs son mi razón de ser como profesora y como formadora.
Esta comunidad ha logrado transformar sus realidades a una escala que quizás nadie podría pensar. Mueven montañas. Cada que les escucho, me siento enormemente afortunada de acompañar sus procesos y de compartir con ellxs lo más que puedo. Verles así de empoderadxs me llena el alma y el espíritu. Me habría encantado tener ese nivel de seguridad y confianza a mis veinte años. Pero en mi caso y mi proceso tuvieron que suceder muchas cosas para llegar a un punto en el que podía pararme y defender aquello que consideraba lo correcto. En el que mi sueño se mantuviera presente en todo momento y ante toda circunstancia.
Hoy escribo a ellxs. Hoy reconozco su doloroso andar, y honro el camino que han construido en la búsqueda de alcanzar ese sueño. Hoy quiero decirles que, aunque en muchas ocasiones no puedo afirmar que siento lo que ellxs sienten, soy empática ante las circunstancias y que admiro profundamente el tesón con el que actúan y la gallardía que mantienen en cada una de las acciones que realizan. Sé que no es fácil. Quizás muchas de estas realidades no las vivo en carne propia, pero me identifico desde otras que me ha tocado a mi vivir.
Judith Butler habla sobre los discursos valientes y la forma en que resistimos en el mundo a partir de los mismos. Las personas que viven un discurso valiente son aquellas que – desde la vulnerabilidad de sus vidas – levantan la voz y afirman que las cosas no están bien. Esas personas soñadoras que buscar cambiar su entorno. Martin Luther King generó un discurso valiente, de la misma forma que jóvenes como Malala Yousafzai establecieron discursos de cambio y transformación.
Hoy todos los días acompaño personas con discursos valientes que sueñan que las cosas pueden ser distintas y que siguen en la lucha con el objetivo de que así sea. Que encuentran formas de incidir, que cuestionan narrativas y discursos, que se hacen presentes a través de dinámicas innovadoras que incitan a la reflexión. Reconozco el esfuerzo, compromiso y sed de cambio que cada una de ellas mantiene y atesoro todos los momentos que me permiten aprender de ellxs. Sé que no ha sido ni será un camino fácil, pero sé que esos sueños son los que les permitirán seguir avanzando. Gracias juventudes, por permitirme tener esperanza en que el mundo de mañana será diferente por ustedes. Ustedes ya lograron su propia revolución en ustedes mismxs.
Esta nueva generación me da esperanza de creer que aprovecharemos esta oportunidad para renovar el compromiso con los derechos humanos de transformar realidades y contribuir a un mundo en el que quepan todos los mundos. Esta nueva generación me ha enseñado que, aunque las demás personas quieran apagar nuestro brillo, el brillo de cada unx de ellxs – y de cada unx de nosotrxs – se mantiene vivo.
Brillen morritxs, brillen siempre.
Deja un comentario