No sé en qué momento me convertí en una feminista. No sé si en algún momento de mi vida no lo fui. Pero lo que si se, es que desde bien morrita había cosas que no me gustaban en mi vida. No sé si soy una buena feminista. No me interesa saber si soy una feminista de manual. Los manuales son una guía, no biblias o libros de la verdad.
Sé que el sistema en el que vivimos se organiza de forma tal que privilegia a una parte de esta población, no a todas. Se que hay aspectos que nos limitan, que nos piden que actuemos de ciertas formas para mantenernos controladas. Sé que se nos imponen un montón de ideas que le convienen a ciertas personas nada más, pero todas esas cosas que nos han dicho a nosotras no nos funcionan. Sin embargo, como crecimos con estas ideas, lo más seguro es que a tus treinta y tantos seguirás regándola y reproduciendo muchas cosas que viste desde morrita. Me pasa todos los días.
A todas nos atraviesa de alguna forma el feminismo. Cada una de nosotras se vuelve feminista por su propia historia. Y quizás, parecieran tan distintas entre ellas, pero tienen el común denominador de generar opresiones en nosotras, de plantear escenarios en que no nos trataron de la misma forma que a un vato, o que nos culparon de muchas cosas por un vato.
Yo me di cuenta muy tarde que las morras eran las que podrían cuidarme de neta. Que eran ellas quienes daban todo por una. Y encontré entonces esa palabra llamada sororidad en todos esos vínculos que creé con cada una. Me hubiera gustado descubrir este gran secreto desde más morrilla. Quizás mi vida habría sido mucho más chida. Mucho más llevadera. Mucho más segura.
Hoy me doy cuenta que cada una de nosotras tiene un proceso y que llegar a imponer el propio jamás va a funcionar para las demás. Me pasó mucho con una de mis hermanas. Me urgía que conociera todo lo que puede ofrecer el feminismo en nuestras vidas. Todo ese mundo maravilloso que es. Pero no era su momento. No era la forma para ella. Pasaron algunos años y ahora la veo totalmente realizada en este aspecto. Ella tenía que vivir un proceso, que además, fue distinto al que yo viví.
Estoy segura que, esta misma historia la vivieron un buen de mis amigas feministas que habían trabajado un montón de cosas antes de que yo llegara a leer, a conocer, revisar, aprender y ver con gafas violetas. Y todas ellas me tuvieron una paciencia inigualable. Y me acompañaron en esos procesos sin ningún tema. Sin juzgarme. Siendo espacios seguros. Porque eso es lo que hacemos las morras, ¿no? Acompañamos procesos. Estamos para los procesos de mis amigas.
Y aquí es donde me detengo precisamente para reafirmar con lo que comencé. No soy la más feminista de las feministas. No sé si eso existe. Pero si sé que me enoja y me da rabia la desigualdad que existe, que me indigna la forma en la que podemos normalizar la violencia, que repudio cualquier forma de oprimir a una morra solo por ser mujer. No quiero ser la más feminista o la perfecta feminista. Quiero hacer algo cuando veo desigualdad, quiero que me mueva la injusticia, quiero que jamás se me olvide que este status quo solo privilegia a algunos.
Creo, que la forma en que puedo lograrlo o al menos lo intento, es tratando de acompañar morritas en sus procesos. Aprendo un montón de eso. No sé. Quizás intento acompañar de la misma forma que aquellas mujeres que me encontré en mi camino siendo una morrita me acompañaron. Ojalá algún día alguien en el futuro diga – «había una señora en la uni, que siempre hablaba de sororidad y feminismo. Era chida. Ella me enseñó que tener mujeres amigas rifa un buen», o cosas así.
Hace rato hablaba con un estudiante sobre la forma en que a veces nos molesta ver actitudes sexistas en nuestras familias. Le comentaba que creo que todos estamos viviendo un proceso, y que seguramente nuestras familias hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Que tendríamos que ser un poco generosos. Y con esto no digo que tienes que aguantar a la tía que está criticándote porque ahora estás más gorda, o a tu tío metiche que pregunta siempre si ya tienes novio (porque claro que no puedes ser feliz solo tú y necesitas de un hombre a tu lado <<sarcasmo>>). Sino que podamos ver, que nuestras abuelas y nuestras madres tuvieron sus propias luchas feministas. Y esas mismas luchas son las que nos permiten ser hoy las feministas que afirmamos ser. Estoy súper segura de ello. Ellas nos regalaron avanzar en un pedacito que nos permite estar hablando de esto tú y yo el día de hoy. O quejándome de aquello que no me parece en una sesión con directivos sin pena alguna. O alzando la voz cuando veo una injusticia. O buscándome la vida intentando tener un desarrollo profesional como quizás ni yo misma habría imaginado. O simplemente, decidiendo vivir mi vida SOLA.
Así que hoy es un perfecto pretexto para agradecer a esa gran mujer que hizo lo que pudo con los recursos que tenía para formar una familia de mujeres luchadoras, inteligentes y enormemente valientes. Ella trajo a este mundo a una mujer que dio todo por su familia, incluyendo estar dispuesta a dejar de lado a su propia familia por sus morritas. Mi mamá hace muchos años no se pensó más nada y eligió creerme. Mi mamá creyó en mi. Cuando una tiene una mamá así de chida, el resultado es una feminista como la que busco ser.
Hoy no celebramos la maravilla de ser mujeres. Hoy es un día para reflexionar lo que nos ha llevado aquí, las desigualdades que aún existen en nuestro mundo y que jamás debemos callarnos. Porque como todos los derechos humanos, el día que pensamos que ya están seguros, se pueden perder. Por eso es tan importante que no se nos olvide manifestar esto siempre que podamos.
Así que agradezco enormemente a estas grandes mujeres que me permiten ser la mujer que soy ahora. Y es por ellas, por las que ya no están y por las niñas que vienen, que marcho cada 8M. Por ellas, por todas, es por las que cada paso lo pienso como una forma de honrar sus vidas, y dar lo mejor de mi para que este mundo sea más feminista. Por ellas es también por las que decido manifestarme en las huelgas feministas y por las que buscaré en todo momento ser esa mujer que está para las demás.
En fin, solo unas cosas que puedo decir en un día como hoy. Después de muchos años de ir a marchar, por fin puedo escribir algo. Por fin puedo intentar ponerle palabras a todas esas emociones que genera el ir a marchar. No estoy esperando que sea perfecto. Ya no quiero un texto impecable. Solo relatar estas sensaciones.
Admiro tanto a esas morras cada que llego a ese espacio. Las quiero mucho a todas, aunque seguramente jamás las vuelva a ver. Soy muy feliz de ver a mis estudiantes ahí y encontrarme a colegas. Me ilusiona ver a señoras – otras morras de mi edad con hijas – llevando a sus hijas a sus primeras marchas. Me hincha el corazón ver a otras señoras con sus hijas de la edad de mis estudiantes de prepa. Me hace creer que este mundo si puede ser diferente. Cuando las veo organizarse, cuando las veo moviendo multitudes, me hace pensar que si podemos construir otros mundos. Un mundo en el que nadie tenga miedo de salir sola. Un miedo en el que estar viva no sea cuestión de suerte.
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