Hace unas semanas tuve la gran oportunidad de asistir a ver a Eufrosina Cruz. Le conocí hace algunos años, cuando hicieron un documental de su historia llamado “La revolución de los alcatraces”. En aquel entonces me pareció impresionante la manera en la que cuestionaba todo aquello que le enseñaron en su lugar de origen, y mucho más la forma en la que se plantaba para decir que no estaba de acuerdo.
Pasaron unos años y Eufrosina decidió hacer un libro que llamó “Los sueños de la niña de la Montaña”. En este libro autobiográfico, Eufrosina relata lo que la llevó a llegar al lugar en donde hoy está. Todo lo que como niña indígena de una zona marginada en Oaxaca tuvo que hacer para salir adelante. Lo que eso significó en términos de romper con la tradición familiar, así como de la manera en la que desde muy pequeña, hizo todo lo posible para elegir el rumbo de su vida.
Me quedo pensando en todas las elecciones que como mujeres tenemos que realizar a lo largo de nuestras vidas para encontrar ese destino que imaginamos muy diferente al que la sociedad en la que vivimos nos ha impuesto. En lo difícil que es tener que tomar decisiones tan morrillas que nos alejen de ese ideal de mujer que se establece. Pienso también en que después de todas esas elecciones, para algunas de nosotras – las más afortunadas – hay posibilidad de elegir. Porque desde esa posición de privilegio, hubo oportunidad de que decidiéramos qué era lo que querías hacer con nuestro cuerpo como primer territorio de defensa, pero también con nuestra vida.
Yo creo que Eufro, al igual que yo, tuvimos la suerte de tener unos papás que nos dieran la oportunidad de formarnos y de seguir estudiando. En un país donde seis de cada diez personas mayores de quince años que no gozan de educación son mujeres – y donde estas cifras aumentan en la medida que una se aleja de la urbe y que provienen de familia indígena-, la oportunidad que brindan las familias es sin duda una oportunidad de oro para aquellas que la toman.
El problema es que no muchos papás son tan chidos como los de Eufro o los míos. Ella comparte que al decidir seguir estudiando no tuvo la mejor respuesta de sus papás, pero al menos la dejaron ir a luchar por sus sueños. En muchos lugares de nuestro país se sigue pensando que invertir en la educación de nuestras niñas y jóvenes mexicanas no tendrá utilidades, porque se casarán pronto y tendrán hijos, y asumirán el rol de estar a cargo del cuidado en los hogares.
Este pensamiento atraviesa todo el país, no sucede solo para aquellos lugares en condiciones de vulnerabilidad, como podría pensarse. Desde mi rol como profesora puedo observar que muchas de mis estudiantes aún se enfrentan a estas prácticas sexistas en casa, y que se espera de ellas ser quienes sirvan, atiendas, cuiden y estén al tanto de los demás, menos de ellas. Y además de todo eso, tienen que sacar las mejores notas, y deben estar a cierta hora en sus casas.
Cuando se dan cuenta de la manera en la que se reflejan las mismas desigualdades que ocurren a nivel mundial en sus vidas es un gran shock. Pues claro que lo es. Nadie nos dijo que las cosas podían ser distintas, o que teníamos la oportunidad de elegir. Porque cuando queremos salirnos de la norma, cuando queremos hacer lo que se nos viene en gana, entonces somos malas mujeres.
Yo uso mucho una frase en clase para hacer mención a esta parte, y va algo así como “el hecho de que siempre haya sido así, no significa que no pueda ser de otro modo”. Por tanto, no significa que no pueda ser de otro modo más optimista para nosotras. No es nuestra responsabilidad ser quienes atienden en casa, quienes cuidan, lavan los trastes y además hacen tarea. No debe ser así. Y tenemos derecho de elegir. Usualmente esa decisión se toma de una forma más informada cuando tenemos acceso a la educación. Cuando sabemos todo aquello que podemos obtener al aprender. De todos los mundos que descubrimos, de las oportunidades que se abren. Si, soy muy ñoña y devoro libros, pero el aprendizaje para todas las personas es una forma de crecimiento. La principal.
Ahora imagínate que limiten esa capacidad de descubrir otros mundos y de restringir oportunidades en tu vida solo por ser morra. Ahora imagínate que casi casi es una norma aún en muchos países, y que históricamente han existido grandes lideresas que buscan que tengamos las mismas oportunidades y los mismos derechos, como Malala Yousafzai. Porque así debería ser. Porque es lo justo. Porque es humano, como nosotras somos humanas también.
A nivel internacional actualmente existen muchos ejemplos de esta lucha por la educación para las niñas. Yo sueño, como MLK Jr. soñaba, con un mundo en el que todas las niñas del futuro tengan la oportunidad de estar en un aula absorbiendo todo lo que los profesores enseñan; de que tengan el poder de decidir qué leer y cuándo, y que eso las lleve a devorar libros desde chiquillas; que no las sesguen comentarios sexistas y decidan la carrera que quieran estudiar porque les hace sentido, no porque eso lo estudia una mujer o eso NO lo estudia una mujer; y sobre todo, de que esa educación les de las herramientas necesarias para seguir insistiendo en defender sus derechos en todo momento, porque lo que pasa con los derechos humanos, es que jamás están garantizados al cien. Porque en cualquier momento puede llegar un loco al poder a intentar arrebatarles esos derechos. Por eso a esas niñas no se les debe olvidar que a pesar de que ya ganaron esos derechos, tienen que seguir haciendo ruido para defenderlos. Porque muy seguramente, habrá alguien que quiera que las cosas vuelvan a ser como siempre fueron.
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